"Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo." — Hebreos 1:1-2
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Hay una ventana en nuestra casa que mira hacia el camino. Es el sendero que sube la colina, el que recorrimos para llegar aquí.
Mirándolo, nos preguntamos: ¿Cómo supimos que esta casa existía? ¿Cómo encontramos el camino?
Alguien tuvo que decirnos. Alguien tuvo que señalar la dirección. De otro modo, habríamos pasado de largo sin saber lo que nos perdíamos.
Así es esta segunda entidad: REVELACIÓN.
Dios existe —eso lo vimos en la primera ventana—. Pero un Dios infinito podría haber permanecido en silencio eterno. Podría haberse escondido detrás de las estrellas, inaccesible, desconocido.
Pero no lo hizo.
Habló.
Imaginemos por un momento lo contrario. Un universo donde Dios existe pero nunca se comunica. Donde las preguntas más profundas del corazón humano —¿quién soy? ¿por qué existo? ¿qué pasa después de la muerte?— se pierden en un vacío sin respuesta.
Podríamos intuir que hay algo. La creación grita que alguien la hizo. La conciencia susurra que hay un bien y un mal. Pero sin revelación, seríamos como ciegos tocando un elefante, adivinando formas sin ver el todo.
La revelación es el acto de un Dios generoso que rompe el silencio.
"Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre." — Deuteronomio 29:29
Dios tenía secretos. Podría habérselos guardado. Pero eligió revelarnos lo que necesitamos saber.
La revelación viene en dos formas, como dos voces que dicen lo mismo de maneras diferentes:
La primera voz es universal. No requiere Biblias ni predicadores. Es la voz de la revelación general.
Los cielos la cantan cada noche estrellada. Las montañas la proclaman con su grandeza. El corazón humano la siente cuando distingue —aunque quiera ignorarlo— entre el bien y el mal.
"Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría." — Salmo 19:1-2
Esta voz es suficiente para dejarnos "sin excusa" (Romanos 1:20). Suficiente para señalar hacia Dios. Pero no suficiente para salvarnos. Es como ver un cartel que dice "Hospital a 10 km". Nos dice que hay ayuda, pero no nos lleva hasta ella.
La segunda voz es específica, personal, salvífica. Es la revelación especial.
Dios no se conformó con pistas generales. Habló. Primero a través de profetas: "Vino palabra de Jehová..." Una y otra vez. Siglo tras siglo.
Pero el clímax de la revelación no fue un mensaje. Fue una Persona.
"En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo." — Hebreos 1:2
Dios no solo envió información. Se envió a sí mismo. El Verbo se hizo carne. La Palabra eterna tomó rostro humano.
Esta entidad contiene cuatro doctrinas. Cada una revela una faceta de cómo Dios se comunica con nosotros:
¿Cuántas voces tiene Dios?
Aquí exploramos la distinción fundamental: lo que todos pueden saber de Dios por la naturaleza, y lo que solo se conoce por la Escritura y Cristo. No son voces contradictorias sino complementarias. La general prepara el camino; la especial completa el mensaje.
¿Podemos confiar en la Biblia?
La revelación especial no quedó flotando en el aire. Fue inscripturada. Hombres movidos por el Espíritu Santo escribieron exactamente lo que Dios quería comunicar. No dictado mecánico, pero sí inspiración plena. Cada palabra es confiable. Cada promesa es segura.
"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia." — 2 Timoteo 3:16
¿Cuál es la revelación suprema?
Si la Biblia es la Palabra escrita, Cristo es la Palabra viva. Juan no comienza su evangelio diciendo "En el principio era el libro". Dice: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1:1).
Jesús no solo trajo un mensaje de Dios. Jesús es el mensaje. Verlo es ver al Padre. Conocerlo es conocer a Dios.
¿Para qué sirve la ley de Dios?
Esta doctrina corrige dos errores opuestos. Algunos piensan que la Torá salva —que guardando mandamientos ganamos el cielo—. Otros piensan que la Torá es obsoleta —que la gracia la descartó—.
Ninguno tiene razón.
La Torá no salva; nunca fue diseñada para eso. Pero tampoco fue abolida. Es instrucción divina para quienes ya somos salvos por gracia. Es el manual de vida del Padre para sus hijos.
"Entiendo que Dios habló", podría pensar alguien. "Pero, ¿por qué dedicar una entidad entera a esto?"
Porque de la revelación depende todo lo demás.
Si Dios no se ha revelado, entonces nuestras ideas sobre Él son proyecciones humanas. Deseos. Imaginaciones. Dios se convierte en espejo de nuestras preferencias.
Si la Biblia no es confiable, entonces no tenemos fundamento sólido. Cualquier doctrina puede ser cuestionada. Cualquier verdad relativizada.
Si Cristo no es la revelación suprema, entonces tenemos un profeta más entre muchos. Un maestro interesante pero no definitivo.
La revelación no es un tema secundario. Es el fundamento epistemológico de toda la fe.
A veces olvidamos cuán extraordinario es esto.
El Dios infinito, eterno, incomprensible... eligió comunicarse con criaturas finitas. El que habita en luz inaccesible decidió hacerse accesible.
¿Por qué?
No porque lo necesitara. Dios no estaba solo antes de la creación —la Trinidad es comunión eterna—. No estaba aburrido ni incompleto.
Lo hizo porque quiso. Por amor. Por el placer de ser conocido por aquellos que creó para conocerle.
"Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová." — Jeremías 9:24
El mayor elogio que podemos darle no es admirar su poder desde lejos. Es conocerle. Y Él hizo posible lo imposible: que lo finito toque lo infinito. Que lo temporal acceda a lo eterno.
Eso es revelación.
Pero la revelación no es solo privilegio. Es responsabilidad.
A quien mucho se le da, mucho se le demanda. Los que nunca escucharon el evangelio serán juzgados por la luz que tuvieron —la revelación general—. Pero nosotros, que tenemos Biblias en cada estante y sermones en cada podcast, seremos juzgados por la luz completa que recibimos.
"Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos." — Hebreos 2:1
No podemos alegar ignorancia. No podemos decir que no sabíamos. La Palabra está ahí. Cristo fue proclamado. El Espíritu ilumina.
¿Qué haremos con lo que hemos recibido?
Este contenido no es arbitrario ni fue definido por una sola persona o grupo particular. El marco doctrinal que aquí se presenta es propiedad de la Iglesia universal — el fruto acumulado de:
En última instancia, reconocemos que Dios es el artífice de toda verdad doctrinal. Él se ha revelado en Cristo, "el camino, la verdad y la vida" (Juan 14:6), y continúa iluminando a Su pueblo por la obra del Espíritu Santo, quien "os guiará a toda la verdad" (Juan 16:13).
Nosotros somos simplemente mayordomos de este depósito de fe "que ha sido una vez dado a los santos" (Judas 1:3).
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