"En el principio creó Dios los cielos y la tierra." — Génesis 1:1
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Hay una ventana en nuestra casa que se abre al jardín. Desde ella vemos todo lo que nos rodea: árboles, flores, pájaros, el suelo bajo nuestros pies, el cielo sobre nuestras cabezas.
Es la ventana más amplia. La más colorida. La que más cosas abarca de un solo vistazo.
Así es esta tercera entidad: CREACIÓN.
Antes de preguntarnos sobre la salvación, antes de explorar la iglesia, antes de hablar de los últimos tiempos, necesitamos entender dónde estamos. Necesitamos mirar el escenario donde se desarrolla toda la historia.
¿De dónde vino todo esto? ¿Quiénes somos los que habitamos aquí? ¿Estamos solos en este vasto universo?
Hay una razón por la que la Biblia no comienza con ética. No abre con mandamientos. No inicia con instrucciones de cómo vivir.
Comienza con un hecho: "En el principio creó Dios..."
Esa primera línea establece todo lo demás. Si Dios creó, entonces todo pertenece a Él. Si Dios creó, entonces hay propósito en la existencia. Si Dios creó, entonces la materia no es accidente ni ilusión —es buena, porque un Dios bueno la hizo—.
El universo no se explica a sí mismo. Las estrellas no se encendieron solas. La vida no brotó de la nada por casualidad infinita.
"En el principio... Dios."
Antes del Big Bang, Dios.
Antes de las galaxias, Dios.
Antes del tiempo mismo, Dios.
Y ese Dios decidió crear. No porque lo necesitara, sino porque quiso. No para llenar un vacío en Él, sino para compartir Su plenitud.
Esta entidad —CREACIÓN— contiene cinco doctrinas. Cada una ilumina una parte diferente del jardín que vemos desde nuestra ventana:
¿De dónde vino todo?
Aquí contemplamos el acto fundacional: Dios hablando y las galaxias formándose. "Sea la luz", y hubo luz. No evolución ciega. No materia eterna que siempre estuvo ahí. Creación desde la nada, por la Palabra del Todopoderoso.
"Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca." — Salmo 33:6
Y no solo creó. Creó bien. Seis veces leemos en Génesis: "Y vio Dios que era bueno". La materia no es enemiga del espíritu. El mundo físico no es inferior al espiritual. Dios hizo ambos, y ambos reflejan Su gloria.
¿Quiénes somos?
De toda la creación, algo único sucedió con nosotros. No hubo un simple "Sea el hombre". Hubo consejo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen" (Génesis 1:26).
Imagen de Dios. Imago Dei. No somos accidentes evolutivos. No somos animales un poco más inteligentes. Somos portadores de la imagen divina: capaces de razonar, amar, crear, relacionarnos, adorar.
Pero también somos criaturas. Dependientes. Finitos. Hechos del polvo de la tierra y vivificados por el aliento de Dios. Esta doble realidad —dignidad inmensa y humildad profunda— define lo que significa ser humano.
¿Estamos solos en el universo creado?
No. El cosmos visible es solo parte de la historia. Hay un mundo invisible, poblado de seres que Dios también creó: ángeles que sirven, serafines que adoran, querubines que guardan.
Y también hay rebeldes. Seres que fueron creados buenos pero eligieron la oscuridad. No podemos entender la historia humana —las batallas, las tentaciones, el mal inexplicable— sin reconocer esta realidad espiritual.
"Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades..." — Efesios 6:12
¿Qué salió mal?
El jardín era perfecto. La relación era íntima. No había muerte, ni dolor, ni separación.
Y entonces vino la serpiente. Y vino la duda. Y vino la desobediencia.
El pecado no es solo "hacer cosas malas". Es la ruptura fundamental: la criatura declarando independencia del Creador. Es preferir nuestra voluntad a la Suya. Es creer la mentira de que podemos ser como Dios sin Dios.
Y las consecuencias fueron catastróficas. No solo para Adán y Eva. Para toda la creación. Para cada uno de nosotros.
¿Dios abandonó lo que creó?
Después de la caída, Dios podría haberse alejado. Podría haber destruido todo y empezar de nuevo. Podría haber dejado que el universo corriera su curso hacia la entropía final.
Pero no lo hizo.
La providencia es la doctrina de que Dios sigue activo. Sigue sosteniendo. Sigue gobernando. Cada átomo que existe lo hace porque Él lo mantiene. Cada evento en la historia está bajo Su mano soberana.
"Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten." — Colosenses 1:17
Alguien podría pensar: "Esto es para científicos y filósofos. ¿Qué tiene que ver con mi fe práctica?"
Tiene que ver con todo.
Si no hay Creador, entonces no hay propósito. La vida es lo que cada uno decida que sea. La moral es preferencia. La esperanza es ilusión.
Si el ser humano no es imagen de Dios, entonces no hay dignidad inherente. Las personas son recursos, no tesoros. El fuerte puede dominar al débil sin culpa.
Si no hay seres espirituales, entonces estamos ciegos a una dimensión real de la existencia. Luchamos contra síntomas mientras ignoramos causas.
Si no hubo caída, entonces no necesitamos Salvador. Podemos mejorarnos a nosotros mismos. El evangelio es innecesario.
Si Dios no gobierna, entonces el futuro es incierto. El mal podría ganar. La historia podría no tener final feliz.
La doctrina de la creación no es un preludio prescindible. Es el fundamento sobre el cual todo lo demás se construye.
Hay algo que sucede cuando realmente contemplamos la creación. No me refiero a mirarla de pasada, sino a contemplarla.
Las estrellas. Se estima que hay más estrellas en el universo observable que granos de arena en todas las playas del mundo. Y Dios las cuenta. Les pone nombres. Las sostiene en su lugar.
La vida. La complejidad de una sola célula supera la de cualquier fábrica humana. Y hay trillones de células funcionando en este momento en tu cuerpo, coordinadas en una sinfonía que ni siquiera notas.
La conciencia. Estás leyendo estas palabras. Pero tú existes. Hay un "yo" ahí dentro que piensa, siente, decide. ¿De dónde vino eso? No de la materia ciega. De un Dios personal que quiso ser conocido por seres personales.
"Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?" — Salmo 8:3-4
La creación nos pequeñea. Nos recuerda que somos criaturas. Pero también nos dignifica: el Creador de todo esto nos pensó, nos hizo, nos ama.
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Este contenido no es arbitrario ni fue definido por una sola persona o grupo particular. El marco doctrinal que aquí se presenta es propiedad de la Iglesia universal — el fruto acumulado de:
En última instancia, reconocemos que Dios es el artífice de toda verdad doctrinal. Él se ha revelado en Cristo, "el camino, la verdad y la vida" (Juan 14:6), y continúa iluminando a Su pueblo por la obra del Espíritu Santo, quien "os guiará a toda la verdad" (Juan 16:13).
Nosotros somos simplemente mayordomos de este depósito de fe "que ha sido una vez dado a los santos" (Judas 1:3).
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