"Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar." — Génesis 3:15
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Hay una ventana en nuestra casa que mira hacia un puente. Un puente antiguo, sólido, construido sobre un abismo profundo.
De un lado del abismo está el jardín —la creación hermosa que vimos en la ventana anterior—. Del otro lado... está la casa misma. La comunión. El hogar.
El abismo es real. Es el vacío que el pecado abrió entre nosotros y Dios. Imposible de cruzar con nuestras propias fuerzas.
Pero el puente también es real. Y Dios lo construyó.
Así es esta cuarta entidad: RELACIÓN Y PACTO.
La historia de la Biblia no es la que habríamos escrito.
Si nosotros fuéramos Dios —y gracias a Él que no lo somos—, la historia habría terminado en Génesis 3. Criaturas creadas en amor, puestas en un paraíso perfecto, con una sola restricción razonable... y eligen desobedecer.
Fin de la historia. Destrucción total. Siguiente proyecto.
Pero Dios no escribió esa historia.
En lugar de destrucción, hubo promesa. En el mismo momento de pronunciar el juicio, Dios insertó esperanza: la simiente de la mujer aplastaría a la serpiente.
Y a partir de ahí, toda la Biblia es la historia de cómo Dios cumple esa promesa. Cómo construye el puente. Cómo restaura la relación rota.
La palabra suena antigua, legal, fría. Pero un pacto es exactamente lo opuesto.
Un pacto es un compromiso vinculante entre dos partes. No un contrato comercial donde cada quien busca su beneficio. Un pacto es más profundo: es entrelazar destinos. Es decir: "Lo tuyo es mío, y lo mío es tuyo. Para bien o para mal. Hasta que la muerte nos separe."
El matrimonio es un pacto.
La adopción es un pacto.
La amistad profunda tiene elementos de pacto.
Y Dios eligió relacionarse con nosotros... mediante pactos.
No tenía que hacerlo así. Podría haber dado órdenes desde el cielo y exigido cumplimiento. Podría haber tratado con la humanidad a distancia, como un rey con súbditos remotos.
Pero eligió pactar. Eligió comprometerse. Eligió atarse —por Su propia voluntad— a promesas que cumpliría aunque nosotros falláramos.
Esta entidad —RELACIÓN Y PACTO— contiene siete doctrinas. Son los pilares del puente que Dios construyó:
¿Cómo se relaciona Dios con Su pueblo?
Dios hizo pactos con Adán, con Noé, con Abraham, con Israel en Sinaí, con David. Cada uno revelaba más de Su plan. Cada uno preparaba el camino para el pacto final, el nuevo pacto en la sangre de Cristo.
Estos no son fragmentos desconectados. Son capítulos de una sola historia de redención progresiva.
¿Cómo puede un Dios santo amar a pecadores?
Aquí está el corazón de todo. Gracia no es Dios ignorando el pecado. No es Dios bajando Sus estándares. Es Dios pagando la deuda que nosotros no podíamos pagar.
"Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios." — Efesios 2:8
La gracia es favor inmerecido. Es regalo puro. Es amor que da sin esperar retorno.
¿Cómo recibimos lo que Dios ofrece?
La gracia viene de Dios. La fe es nuestra respuesta. No fe en nosotros mismos. No fe en la fe. Fe en Él. Confianza que descansa en Sus promesas. Convicción que actúa según Su Palabra.
Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. El mismo patrón se repite a través de toda la Escritura. Siempre ha sido por fe.
¿Cómo puede el culpable ser declarado inocente?
Esta doctrina resuelve el dilema divino: ¿Cómo puede Dios ser justo —castigando el pecado— y al mismo tiempo justificador —perdonando al pecador?
La respuesta es la cruz. Cristo tomó nuestro castigo. Nosotros recibimos Su justicia. Un intercambio asombroso. Impensable. Real.
¿Qué pasa después de ser salvos?
La justificación es el comienzo, no el final. Fuimos declarados justos; ahora estamos siendo hechos justos. Es un proceso. Una obra del Espíritu en nosotros. Una transformación gradual a la imagen de Cristo.
No es perfeccionismo. No es legalismo. Es crecimiento. Es el Padre moldeando a Sus hijos.
¿Puede perderse la salvación?
Una pregunta que ha dividido a creyentes por siglos. Pero la Escritura da seguridad: los que verdaderamente pertenecen a Cristo permanecerán hasta el final. No por su fuerza, sino por el poder de Dios que guarda.
"Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo." — Filipenses 1:6
¿Eligió Dios quién sería salvo?
Entramos en misterio profundo. La Escritura enseña que Dios elige. También enseña que el ser humano es responsable de creer. Ambas verdades están ahí. Negarlas sería contradecir la Palabra.
¿Cómo se reconcilian? Quizás no completamente en esta vida. Pero podemos confiar en que el Dios que es amor y justicia no hace nada inconsistente con Su carácter.
Esta no es la entidad de los "temas avanzados". Es la entidad de la salvación.
Si alguien pregunta: "¿Cómo puedo ser salvo?", la respuesta está aquí. Gracia, fe, justificación. El evangelio en su pureza.
Si alguien pregunta: "¿Cómo crezco como creyente?", la respuesta está aquí. Santificación. Perseverancia. Vida en el pacto.
Si alguien pregunta: "¿Puedo estar seguro de mi salvación?", la respuesta está aquí. Las promesas de Dios. La fidelidad del que pacta.
Estas doctrinas no son para debates académicos. Son para personas que lloran en la noche preguntándose si Dios las ama. Son para corazones quebrantados que necesitan saber que hay esperanza. Son para pecadores que necesitan gracia.
Hay un momento en la Escritura que a menudo pasamos demasiado rápido.
Es la Última Cena. Jesús toma la copa. Y dice palabras que debieron haber detenido el corazón de cualquier judío que las escuchara:
"Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre." — 1 Corintios 11:25
Nuevo pacto.
Los profetas lo habían prometido (Jeremías 31:31-34). Un pacto mejor que el del Sinaí. Un pacto donde la ley estaría escrita en corazones, no en piedras. Donde todos conocerían a Dios, desde el menor hasta el mayor. Donde los pecados serían perdonados y no recordados más.
Y ahora Jesús dice: "Esto es. Esto comienza. Mi sangre sella este pacto."
Cada vez que participamos de la Cena del Señor, estamos recordando el pacto. Estamos proclamando que pertenecemos al pueblo del nuevo pacto. Que la sangre de Cristo nos ha traído a una relación con Dios que nada puede romper.
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Este contenido no es arbitrario ni fue definido por una sola persona o grupo particular. El marco doctrinal que aquí se presenta es propiedad de la Iglesia universal — el fruto acumulado de:
En última instancia, reconocemos que Dios es el artífice de toda verdad doctrinal. Él se ha revelado en Cristo, "el camino, la verdad y la vida" (Juan 14:6), y continúa iluminando a Su pueblo por la obra del Espíritu Santo, quien "os guiará a toda la verdad" (Juan 16:13).
Nosotros somos simplemente mayordomos de este depósito de fe "que ha sido una vez dado a los santos" (Judas 1:3).
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